sábado, 15 de diciembre de 2012

TOROS Y VACAS


Como a los toros los matan pronto, los ciudadanos hemos decidido ser vacas.

Pacemos plácidamente. Cuando se acaba el pienso de nuestros pesebres rumiamos inquietas mientras regurgitamos las hebras de pienso pastoso y medio digerido de nuestros gruesos estómagos.

Al anochecer es posible que hagamos el esfuerzo de desplazarnos apenas medio metro hacia atrás para tumbarnos sobre nuestras heces a dormir.  Nuestras oprimidas barrigas entonces empujan más fácilmente el pasto que rumiamos sin parar. Al amanecer, nueva paja y grano cae frente al hocico, y entre baba y mocos, comemos apresuradamente. Entonces mugimos, nos quejamos de lo escaso de la ración, del sabor o del olor. Y nuestros mugidos, a veces, se multiplican por el establo en el que vivimos. Son una especie de concierto bajo y desafinado que enmudece y retorna, sincopado e inútil.
Cada mañana, nos alivian la presión de nuestras ubres. Colocan una máquina que absorbe con celeridad y ritmo sincrónico nuestra producción. El único fruto que la vida puede extraernos. Todas las sensaciones, alteraciones de nuestra rutina son falsas.  Muchas ya ni siquiera parimos, nos inyectan hormonas para que sigamos produciendo leche.
 
 
Ya no hay hijos terneros que mamen de nosotras con esos tirones irregulares y chupadas ávidas de nuestras ubres. Ya no recibimos los embates del toro en la fecundación. Ya no salimos a pastar al campo, que con ser cercado enlazaba con el remoto tiempo en que nuestra especie fue salvaje. Ya no tenemos frío. Y casi tampoco calor. Por no haber no hay ni moscas, y hay quien se plantea dejarnos sin rabo, dado que es ya inútil y estorba la maniobra de colocarnos las máquinas.
 
 
De vez en cuando, nos despiden. Nos quitan nuestro “trabajo” y nos llevan al matadero. Aunque poco, algo vale la carne de vaca vieja. Lo peor es cuando despiden a todo un establo, por culpa de la crisis económica. O cuando hacen “recortes” y matan a la mitad de la cabaña porque superamos la “cuota de producción” o no somos “competitivas”.
 
 
Entonces mugimos más, nos movemos inquietas y preguntamos que hacen con nuestra leche. Preguntamos cómo administran nuestro esfuerzo. Quién se queda con los beneficios. Denunciamos y nos quejamos de que hay mucha corrupción. Pero al poco en cuanto cae de nuevo el pienso en el pesebre volvemos a comer y a rumiar.
 
 
Porque ¿qué les importa a las vacas adónde va la lechera de la leche de sus impuestos?

¡Al pesebre! Y la que se mueva más de la cuenta, ¡al matadero!

Y hasta hay sitios, como en Cataluña, en que los toros ya están prohibidos.








 

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